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martes, 2 de noviembre de 2010

Dia de muertos

Hoy se celebra el día de muertos en México. El domingo fui con mi familia a pasear al Parque Juárez, la plaza principal de la ciudad de Xalapa. Como todos los domingos el parque estaba abarrotado de gente paseando y de vendedores que ofrecen todo tipo de baratijas, globos y alimentos.

Imágenes pintorescas, la gente compra y se divierte, un cambio de su rutina de la semana. Los globos multicolores le dan alegría a los niños. Objetos pasajeros, que eventualmente terminan desinflándose o explotando. Objetos que nos hacen pensar en la temporalidad de las cosas. En que todo tiene un comienzo y un final, que nada es duradero.

Una diversión que dura unos cuantos días, Unas cuantas horas. Que los niños, y algunos adultos, disfrutan durante algunos momentos pero que eventualmente termina y que se deja ir. Tal vez permanezca un recuerdo del momento. Pero el globo no es algo a lo que se aferre uno. Ya habrá otro en el próximo paseo.

Lo mismo sucede con las baratijas. Pequeños juguetes que duran unos cuantos días, unas cuantas semanas antes de que se rompan o que queden olvidados en un rincón de la casa.

Antes las cosas duraban más. Estaban mejor hechas. Ahora cada vez duran menos, y no sólo los globos y las baratijas. En la sociedad de consumo en la que vivimos, las cosas cada vez se hacen para durar menos, para que tengamos que comprar otra. Y todavía algunos nos quejamos, queremos que duren más, que no se descompongan, que no se rompan, que no se acaben. Y no nos damos cuenta que nada es duradero, que todo se acaba tarde o temprano, que todo cambia constantemente. El consumismo nos da una lección que no queremos aprovechar, que no vale la pena aferrarnos a los objetos, porque tarde o temprano, hoy en día cada vez más temprano, se acaban.

Pero este día trae algo más otra lección de la impermanencia. El día de muertos. En los portales del palacio de gobierno hay una muestra de altares del día de muertos.


El arco floral que lo rodea representa la entrada de los difuntos al cielo; los colores morado y blanco, la religión y el luto. La Virgen del Carmen, el crucifijo y el rosario representan la salvación de las almas. Las velas y los cerillos sirven para alumbrar su camino de regreso. El incienso representa la adoración de los seres espirituales.




El camino de flores de cempasúchil que conduce al altar le muestra a los difuntos en dónde se encuentran las ofrendas.


Las ofrendas consisten en los alimentos y las bebidas preferidas por el difunto. En alguno de sus objetos personales. Se trata de hacer que el difunto pase algunos momentos agradables como lo hacía en vida. Y desde luego el tradicional pan de muertos con sus adornos que representan huesos.

En esta ocasión en los altares están dedicados a los héroes de la revolución, ya que celebramos el centenario de la revolución y el bicentenario de la independencia.

Altares que se ofrecen a los muertos, con la creencia de que regresan a este mundo.

Pero sin embargo está es otra lección de que la vida termina, de que la vida no es permanente. Muchos ya se fueron, otros todavía estamos aquí pero algún día nos iremos.



El altar de la familia, para recordar a nuestros seres queridos que ya no están. Y aunque al recordarlos me invade la tristeza, debo comprender que no debo aferrarme, tampoco se trata de olvidarlos, lo mejor es recordar sus enseñanzas y lo que dejaron a su paso por esta vida.



Alfredo Amescua V.

viernes, 14 de mayo de 2010

La Historia de los Otros

Me parece que el siguiente relato muestra la sabiduría que contienen los relatos tradicionales de las etnias mexicanas. Transmitidas aún principalmente entre los shamans por tradición oral. Conocimientos inmemoriables que ahora la física quantica está “descubriendo”.

La Historia de los Otros

"Contaron los más viejos de los viejos que poblaron estas tierras que los más grandes dioses, los que nacieron el mundo, no se pensaban parejo todos. O sea, que no tenían el mismo pensamiento, sino que cada quien tenía su propio pensamiento y entre ellos se respetaban y escuchaban. Dicen los más viejos de los viejos que de por sí así era, porque si no hubiera sido así, el mundo nunca se hubiera nacido porque en la pura peleadera se hubieran pasado el tiempo los dioses primeros, porque distinto era su pensamiento que sentían. Dicen los más viejos de los viejos que por eso el mundo salió con muchos colores y formas, tantos como pensamientos en los más grandes dioses, los más primeros. Siete eran los dioses más grandes, y siete los pensamientos que cada uno se tenía, y siete veces siete son las formas y colores con los que vistieron el mundo. Me dice el Viejo Antonio que le preguntó a los viejos más viejos que cómo le hicieron los dioses primeros para ponerse de acuerdo y hablarse si es que eran tan distintos sus pensamientos que sentían. Los viejos más viejos le respondieron, me dice el Viejo Antonio, que hubo una asamblea de los siete dioses junto con sus siete pensamientos distintos de cada uno, y que en esa asamblea sacaron el acuerdo.

"Dice el Viejo Antonio que dijeron los viejos más viejos que esa asamblea de los dioses primeros, los que nacieron el mundo, fue mucho tiempo antes del ayer, que mero fue en el tiempo en que no todavía tiempo. Y dijeron que en esa asamblea cada uno de los dioses primeros dijo su palabra y todos dijeron: `Mi pensamiento que siento es diferente al de los otros'. Y entonces quedaron callados los dioses porque se dieron cuenta que, cuando cada uno decía `los otros', estaba hablando de `otros' diferentes. Después de que un rato se estuvieron callados, los dioses más primeros se dieron cuenta de que ya tenían un primer acuerdo y era que `otros' y que esos `otros' eran diferentes del uno que era. Así que el primer acuerdo que tuvieron los dioses más primeros fue reconocer la diferencia y aceptar la existencia del otro. Y qué remedio les quedaba si de por sí eran dioses todos, primeros todos, y se tenían que aceptar porque no había uno que fuera más o menos que los otros, sino que eran diferentes y así tenían que caminar.

"Después de ese primer acuerdo siguió la discusión, porque una Cosa es reconocer que hay otros diferentes y otra muy distinta es respetarlos. Así que un buen rato pasaron hablando y discutiendo de cómo cada uno era diferente de Ios otros, y no les importó que tardaran en esa discusión porque de por si no había tiempo todavía. Después se callaron todos y cada uno habló de su diferencia y cada otro de los dioses que escuchaba se dio cuenta que, escuchando y conociendo las diferencias del otro, más y mejor se conocía a si mismo en lo que tenía de diferente. Entonces todos se pusieron muy contentos y se dieron a la bailadera y tardaron mucho pero no les importó porque en ese tiempo todavía no había tiempo. Después de la bailadera que se echaron los dioses sacaron el acuerdo de que es bueno que haya otros que sean diferentes y que hay que escucharlos para sabernos a nosotros mismos. Y ya después de este acuerdo se fueron a dormir porque muy cansados estaban de haberse bailado tanto. De hablar no estaban cansados porque de por si muy buenos eran para la habladera estos primeros dioses, los que nacieron el mundo y que apenas estaban aprendiendo a escuchar."

No me di cuenta a qué hora se fue el Viejo Antonio. La mar duerme ya y del cabito sólo queda una mancha deforme de parafina. Arriba el cielo empieza a diluir su negro en la luz de la mañana...

Zavala, Lauro (Editor), Relatos Mexicanos posmodernos. Antología de prosa ultracorta, híbrida y lúdica, (Subcomandante Marcos, La historia de los otros), Alfaguara, México, 2001