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lunes, 31 de mayo de 2010

El lado budista de la psiquiatría

El siguiente artículo original de Newsweek se publicó el 12 de mayo den el blog Yoga Medicina Oriental, pueden consultar el artículo original haciendo clic en el título de esta publicación.


Las psicoterapias basadas en el budismo empiezan a aplicarse en la Argentina. Los fundamentos del método. Para qué malestares sirven. Y quiénes las critican.

Su mamá, Sara, tiene un cáncer ginecológico avanzado, pero Jorge Rovner (47) no se permite el enojo ni se rinde al abatimiento. Prefiere la compasión. “Hay que tomar el mundo tal cual es”, dice. “El sufrimiento muchas veces está ligado a una forma errónea de ver el Universo”. En un café del Microcentro porteño, Rovner cuenta que se hizo budista antes de recibirse de médico y psiquiatra, influenciado, entre otros, por Jorge Luis Borges. “Para mí el budismo no es una pieza de museo: es un camino de salvación. No para mí, pero para millones de hombres”, había señalado el escritor en una conferencia de 1977. Pero Rovner, ex director de ensayos clínicos para América Latina de una multinacional farmacéutica, ex presidente de la Asociación Argentina de Marketing Médico y profesor titular de Psiquiatría de la UBA, siempre había pensado que su faceta espiritual no se tenía que mezclar con el ejercicio de su profesión. Que iban por caminos distintos. Que la medicación y las psicoterapias convencionales eran las únicas herramientas efectivas para aliviar el malestar psíquico.

Ya no piensa igual. Poco a poco, “casi de un modo natural e imperceptible”, Rovner empezó a incorporar conceptos de su filosofía de vida en el consultorio; por ejemplo, el rol de la codicia en la génesis del sufrimiento. Luego advirtió que había puntos posibles de contacto entre el espíritu del budismo y muchos de los sistemas terapéuticos hoy aprobados, como la terapia cognitivo-comportamental y la Gestalt. Y que esos principios no entraban en contradicción, sino que podían complementar el tratamiento con psicofármacos. Fue una epifanía. “La medicación es utilísima —afirma—, pero no hay fármaco que permita desarrollar en el paciente conceptos como la compasión con uno y con los demás, o vivir y actuar en el tiempo presente sin quedarse amarrado en el pasado”. Rovner bautizó su síntesis como “psiquiatría zen”, y acaba de fundar la Asociación Argentina de Psiquiatría Basada en el Budismo. Frente a la desconfianza de los terapeutas más ortodoxos, confía en que la corriente va a crecer mucho. “Yo siento que la sociedad está madura para esto”, dice.

No es la primera vez que la espiritualidad, en un sentido amplio, incursiona en el terreno de la ciencia y la medicina. En uno de los estudios más difundidos, de 2001, Richard Davidson, un neurocientífico estadounidense de la Universidad de Wisconsin, analizó imágenes cerebrales de lamas en meditación y descubrió una activación de áreas y circuitos neuronales que, se cree, se relacionan con la felicidad. Durante la última década, los trabajos publicados en revistas médicas serias que estudian la relación entre espiritualidad y salud crecieron más de 300 por ciento, de 145 en el año 2000 a 481 en 2009 (aunque, como aclara el filósofo agnóstico Daniel Dennett en su libro “Romper el hechizo”, los posibles beneficios terapéuticos son independientes del hecho de que las creencias sean ciertas o no).

Por otro lado, hay estudios que muestran que la participación en rituales, oraciones, mantras, peregrinajes, visitas a templos o santuarios y ejercicios de meditación o yoga mejoran el estado de ánimo, la presión arterial, la oxigenación de los tejidos, la tolerancia al dolor y la inmunidad, señala la médica Mirta De Giuli, miembro del capítulo de Espiritualidad de la Asociación de Psiquiatras Argentinos (APSA). “Pero la apertura desde la psiquiatría a este enfoque (espiritual) es muy reciente y tiene poca difusión”, lamenta.

Rovner sostiene que su enfoque terapéutico no requiere que los pacientes sean creyentes ni que abandonen sus convicciones religiosas. “Personas con mucho escepticismo encuentran en el budismo un sistema lógico, ético y práctico de ver el mundo”, asegura. Y enumera un decálogo de principios que, basados en su filosofía milenaria, sustentan la nueva psicoterapia:


1. El tratamiento es aquí y ahora. A diferencia del psicoanálisis, no es obligatorio que la genética y las experiencias del pasado condicionen el presente. “Uno puede nacer todos los días. Y no necesita permiso de nadie para hacerlo”, dice Rovner.

2. El sufrimiento es la experiencia humana por definición, “inherente a la vida”. Y se amplifica más cuando uno se niega a aceptar que forma parte de las reglas de juego del mundo en que vivimos.

3. Sólo una parte muy pequeña del Universo se revela a las personas, “aunque sea doloroso para el ego”.

4. Nuestras emociones, sobre todo las llamadas “negativas”, están tan destinadas a desaparecer como las alegrías extremas. Y como el propio “yo”. Según Rovner, aceptar la impermanencia suele traer alivio (Borges graficó alguna vez el concepto de impermanencia budista con la anécdota de un brahmán que expuso la doctrina a un soldado de Alejandro de Macedonia. El soldado lo dejó hablar y luego lo derribó de un puñetazo. Ante las protestas del brahmán, el converso le respondió: "Ni yo fui quien golpeó, ni eres tú el golpeado”).

5. Deben evitarse creencias sin fundamento empírico. No existe la justicia o la injusticia en el Universo, ni las cosas buenas o malas “ocurren por algo”. Buscar el sentido de la vida puede agravar el padecimiento.

6. Muchos acontecimientos no tienen un porqué, o es imposible acceder a la explicación. “Admitirlo, si bien es inicialmente duro, puede ser la base para solucionar nuestros problemas”, afirma.

7. Nacer, enfermar, envejecer y morir son etapas inherentes de la vida. Y hay que aprender a aceptarlas.

8. El pasado y el futuro son creaciones. Aunque pesen, no hay nada que la persona pueda hacer con ello. Rovner dice que cuando un paciente se refiere a un dolor del pasado, suele desafiarlo para que se lo “muestre”. Tras la sorpresa inicial, el paciente admite que no puede mostrar su pasado sino sólo recordarlo. “¿Cómo puede estar condicionado a padecer por algo de lo que sólo tiene impresiones dictadas por su mente?”, lo interroga entonces.

9. Nuestra mente, muy útil en muchas áreas, no necesariamente permite salir del sufrimiento. Interrumpir el pensamiento conciente, por ejemplo, mediante la meditación, puede ser un recurso eficaz.

10. Evitar toda forma de extremismo o conceptos como el pecado y la culpa, virtudes capitales del budismo, también puede ser útil para aliviar la aflicción.

Como la psiquiatría zen, las terapias espirituales o religiosas “pueden ser tan efectivas como las psicoterapias clásicas o la medicación”, señala a Newsweek Everett Worthtington, presidente de la división “Psicología de la Religión” de la Asociación Psicológica de EE. UU. Pero los seguidores de Buda podrían tener una ventaja competitiva en ese terreno respecto a otros creyentes. Brendan Kelly, del Colegio Universitario de Dublín, Irlanda, explica en la revista “Transcultural Psychiatry” que el budismo es una psicología, una filosofía y una ética que aspira a alcanzar el nirvana, o cese de todo sufrimiento. Por ende, agrega Kelly, la práctica budista puede ser considerada “intrínsecamente terapéutica”. Un flamante estudio estadounidense acaba de constatar que siete de cada diez budistas practicantes evalúan su salud como “muy buena o excelente”.

Ricardo Corral es otro de los impulsores en la Argentina de la psiquiatría basada en el budismo. Profesor de Psiquiatría en la UBA y el CEMIC, y jefe de Docencia e Investigación del Hospital Borda, Corral dice que las respuestas de la ciencia pueden ser insuficientes para aliviar el sufrimiento. Y que la filosofía budista, como otros enfoques espirituales, puede ser una oportunidad para acercarse al otro. “A menudo se identifica a un paciente con una enfermedad determinada, y perdemos de vista la unicidad de la persona y su intersección con el mundo y con el Universo”, precisa.

Cuando, dos meses atrás, tiger Woods hizo el mea culpa por sus aventuras amorosas, apeló a sus raíces budistas. “Parte de esta senda (para el cambio) es el budismo, que mi madre me enseñó a una temprana edad”, manifestó Woods. Y resaltó que el budismo nos enseña que la persecución de las “cosas fuera de nosotros” produce infelicidad y una vana búsqueda de seguridad. Conducta moral, disciplina mental, sabiduría intuitiva, control de los deseos. Parece una receta perfecta para la redención.

Y tal vez sea una receta posible para muchas otras aflicciones. Una de las claves, señala Rovner, es que el budismo rompe con el engaño del yo permanente. “Cuando admitimos que el yo fluye, resulta imposible sentirse atacado: desaparecen los celos, la envidia y el rencor”, afirma. También se esfuma la culpa por los pensamientos que vienen a la cabeza, destaca el abogado Hugo Subiza (32), quien había consultado a Rovner por ataques de pánico que empezaron en el 2000. “Cuando dejé de temer perder aquello que creía permanente, empecé a disfrutar más de las cosas que hago y mejoró la relación con mi pareja, amigos y compañeros de trabajo”, añade Subiza.

Sus impulsores sugieren que la psiquiatría zen o una psicoterapia con mirada budista podría ser particularmente útil en depresiones, trastornos de ansiedad y crisis vitales.

“A menudo alcanza con seis meses de tratamiento”, sostiene Rovner, quien admite que la terapia puede no ser adecuada en pacientes alucinados, agitados o con otras patologías severas. Los detractores o escépticos, del otro lado, recuerdan que todavía no existen investigaciones a gran escala que evalúen la seguridad y eficacia del método, ni el perfil de los pacientes que podrían sacar mejor provecho de la estrategia. Por otra parte, más allá de la filosofía singular del budismo, Worthtington considera que cualquier enfoque espiritual tiene más chance de funcionar cuando el médico tiene empatía, recupera la dimensión humana de la medicina y logra establecer una “alianza terapéutica” con sus pacientes.

Rovner parece pertenecer a esa categoría de terapeuta. Sonríe, escucha, agradece, elogia, aconseja. Y también se permite el humor en su discurso de trascendencia. En la página web donde explica su psicoterapia, Rovner avisa: “Debo advertir que usaré los conceptos más convencionales de ser y realidad, dado que si lo que escribo no existe y tampoco existimos usted y yo, creo que sería un poco arduo continuar”.

Por Matías Loewy

Fuente:( Newsweek)

miércoles, 10 de junio de 2009

Plasticidad cerebral

El siguiente artículo su publicó el 16 de marzo de 2008 en el Blog Neurophilosophy, a continuación traduzco algunos fragmentos, el artículo original en inglés lo pueden consultar haciendo clic en el título se este artículo.

Plasticidad cerebral es un término que a la persona común le suena raro, para los que la palabra plástico evoca imágenes de recipientes de tupperware o de envolturas para comida. Entre los neurocientíficos, sin embargo, la plasticidad cerebral se refiere a la habilidad del cerebro para cambiar, para mejorar o empeorar, durante la vida. Es un proceso personal increíblemente importante: a definir nuestro desarrollo cerebral, le da forma a cada una de nuestras personalidades únicas.

La plasticidad cerebral es un concepto aue al mimo tiempo es muy simple y extraordinariamente complejo. Que el cerebro no está estático, que responde a las circunstancias, a nuevos aprendizajes, es relativamente fácil de comprender. Cómo y por qué lo hace es algo un poco más complicado, es algo que están estudiando los científicos.

El cambio físico.

La plasticidad cerebral es un proceso físico. La materia gris realmente se puede reducir o aumentar, las conexiones neuronales se puede forjar y refinar o (de manera opuesta) debilitar y cortarse. Los cambios en el cerebro físico se manifiestan como cambios en nuestras habilidades. Por ejemplo, cada vez que aprendemos un nuevo paso de baile, refleja un cambio en nuestros cerebros físicos: nuevos “cables” (rutas neuronales) que le dan instrucciones a nuestros cuerpos acerca de cómo ejecutar el paso. Cada vez que olvidamos el nombre de alguien, también refleja un cambio cerebral - “cables” que alguna vez estuvieron conectados al recuerdo se han degradado o incluso se han cortado...

Crecimiento y decline

A menudo la gente piensa que la infancia y las primeras etapas de la vida adulta son una época de crecimiento cerebral – la persona joven constantemente aprende cosas nuevas, se embarca en aventuras nuevas, muestra un espíritu inquisitivo y explorador. De manera opuesta, la etapa de ser adulto mayor se considera como una época de decline cerebral, cuando la gente se vuelve más olvidadiza, menos propensa a buscar nuevas experiencias, más “hecha a su manera”.

Pero lo que han mostrado las investigaciones recientes es qué, bajo las condiciones adecuadas, el cerebro más viejo también puede crecer. Aunque cierta maquinaria cerebral tiende a declinar con la edad, hay ciertos pasos que la gente puede dar para lograr la plasticidad y volver a vigorizar es maquinaria. Solamente tenemos que “ejercitar” el cerebro de manera adecuada... La clave – y el reto – estriban en identificar que mecanismos cerebrales buscar y cómo ejercitarlos efectivamente...

La revolución de la plasticidad.

La creciente comprensión y el interés en la plasticidad cerebral está impulsando una revolución en la salud y la ciencia del cerebro. Además del trabajo que se está haciendo en Posit Science, los científicos en instituciones de todo el mundo están empezando a contemplar las terapcias con base en la plasticidad para el tratamiento de un amplio espectro de otros problemas cognitivos. Finalmente, los programas con base en la plasticidad cerebral pueden ayudar a que los esquizofrénicos mejoren sus síntomas y vivan vidas más normales. Los músicos afectados por la distonia focal pueden aprender a volver a tocar, sin dolor. La gente con problemas cognitivos leves o en las primeras etapas del Alzheimer pueden detener el avance de sus enfermedades. Los pacientes de cáncer cuya habilidad para funcionar ha sido impedida por los efectos cognitivos duraderos de los tratamientos de quimoterapia pueden volver a ser ellos mismos otra vez. Las victimas de infartos o daños traumáticos en el cerebro pueden volver a aprender habilidades que consideraban perdidas para siempre. La lista continúa...




Todo lo que aprendemos a hacer, todas nuestras reacciones, tanto físicas como emocionales, todos nuestros recuerdos, se encuentran almacenados en nuestro cerebro. No se almacenan en una sola neurona, sino que casa aprendizaje, cada recuerdo, cada reacción, cada respuesta emocional se subdivide en miles, decenas de miles de partes que se almacenan en neuronas individuales que se conectan entre sí y forman un “camino neuronal”.

La plasticidad del cerebro es precisamente lo que nos permite cambiar. Ya que si hemos aprendido algo, si hemos aprendido a reaccionar con ira ante una situación, con compasión ante otra, estos caminos se quedan grabados en nuestros cerebros y cuando nos damos cuenta de que una conducta, o un aprendizaje cualquiera, ya no nos sirve, no es bueno o simplemente queremos cambiarlo, empezamos a establecer un nuevo “camino neuronal” con el nuevo aprendizaje, con la nueva conducta, con la nueva reacción.

Esto no quiere decir que se pueda cambiar inmediatamente de un camino a otro, tenemos que recordar que forjar el primer camino para que se grabara en nuestras mentes se llevo su tiempo. Cuando se aprende a correr cuando uno es niño, no se hace de la noche a la mañana, se lleva un tiempo, primero hay que aprender a caminar, luego a trotar para finalmente aprender a correr. Y durante este aprendizaje nos caemos una infinidad de veces, en lo que nuestros músculos aprenden a seguir las instrucciones, nos tropezamos y caemos una y otra vez.

Si más adelante en nuestras vidas, queremos ser corredores olímpicos, no obstante que ya sabemos correr, debemos aprender otra forma de correr, una forma que nos permita alcanzar la máxima velocidad, o tener la máxima resistencia para correr un maratón. Y muchas veces esto implica “olvidar” lo que ya sabíamos, implica desechar un aprendizaje anterior y reemplazarlo con uno nuevo, y esto se lleva tiempo, incluso posiblemente más tiempo que el que nos tomó aprender la primera vez, porque ahora no solo debemos aprender sino también olvidar. Debemos aprender a no tomar el camino que siempre tomábamos y que ya conocíamos, debemos aprender a tomar el nuevo camino que hemos escogido y que todavía no conocemos bien, por lo tanto dudaremos en tomarlo, tropezaremos y caeremos. Pero finalmente, con la practica, después de incontables repeticiones, nos aprenderemos el nuevo camino, tan bien o mejor que el anterior, y entonces aparentemente sin darnos cuenta, olvidaremos el anterior.

Y lo mismo sucede con otras conductas, con las reacciones emocionales, si queremos cambiar nuestra forma de responder ante ciertos estímulos, debemos forjar un nuevo camino, lleno de tropezones y caídas, pero que si perseveramos finalmente dominaremos.

martes, 28 de abril de 2009

La magia de la consciencia

El siguiente artículo se publicó en el New York Times el 21 de agosto del 2007 y su autor es George Johnson. El artículo original se publicó en ingles. A continuación presento la traducción de algunos fragmentos

La Asociación del Estudio Científico de la Consciencia sostuvo su reunión anual en el Hotel Imperial Palace en Las Vegas.

Después de dos días de presentaciones de científicos y filósofos que especulaban en cómo la mente interpreta y malinterpreta la realidad, ahora era el turno de los profesionales, James (El Sorprendente) Randi, Johnny Thompson (El Gran Tomsoni), Mac King y Teller; magos que habían dominado intuitivamente algunas de las lecciónes que se estaban aprendiendo el laboratorio acerca de los límites de la cognición y la atención

Apollo, con el poder de su mirada y el movimiento de su mano, volteaba mi atención como una lámpara de cuello de ganso, para que siempre estuviera enfocada en la dirección equivocada Cuando parecía estar dirigiéndose a mi bolsa izquierda estaba sacando algo de la derecha. Al final del acto, el público aplaudió cuando él me entregó mi pluma, algunos recibos y billetes de a dólar arrugados y mi grabadora digital, que había estado funcionando todo el tiempo. No mi reloj había desparecido hasta que él se lo quitó de su propia muñeca.

Así como guardan los secretos de los detalles específicos de sus trucos, los magos estaban tan ansiosos como los científicos cuando se trataba de hablar de las ilusiones cognitivas que se disfrazan como magia: que disfrazan una acción como otra, que insinúan datos que no están ahí, que se aprovechan de cómo el cerebro llena los huecos, haciendo suposiciones, como lo decía el Sorprendente Randi, y las confunden con los hechos.

Teller nos dio esta definición de magia: “La vinculación teatral de una causa con un efecto que no tiene fundamento en la realidad física, pero que, en nuestrso corazones, debería.”

El hemisferio izquierdo del cerebro, como lo dice en Dr. Gazzaniaga, es el conspirador, que inventa historias constantemente. Pero el mió se quedó mudo momentáneamente cuando, después de su conferencia, pasé a través de una puerta en el Hotel Casino Venetian Resort y entré en una simulación con clima artificial del Gran Canal de Venecia. Mis ojos fueron atraídos hacia arriba a la sorprendente ilusión de un cielo y lo que yo decidí que deberían ser cuervos volando en las alturas. Al observar con más cuidado, mi cerebro desechó esa teoría, y vi que las alas curvas negras eran las orillas de discos, tachuelas gigantes que sostenían el techo. Después me dijeron que eran rociadores contra incendios.

El Dr. Van Gulick había venido a la conferencia a hablar acerca de los qualias, la sensación curda y subjetiva que tenemos de los colores, los sonidos, los sabores, lo que tocamos y los olores. El crujido de la costra de un pan, la sensación deslizante de una pasta, un asunto que les preocupa los filósofos es en donde encajan estas experiencias personales dentro de una teoría puramente física de la mente.

Como los físicos, los filósofos juegan con esos asuntos haciendo experimentos del pensamiento. En un documento reciente, Michael P. Linch un filósofo en laUniversidad de Conncecticut juega con la idea de un “carterista fenoménico” una criatura imaginaria, como Apolo el ladrón, que distrae tu atención mientras te quita tus qualias, convirtiéndote en los que se conoce en el ambiente como un zombie filosófico. Puedes cachar una pelota, tararear una canción, detenerte en una luz roja; actuar exactamente como una persona pero sin ninguna sensación de lo que es estar vivo. Si los zombies fueran lógicamente posibles, algunos filósofos insisten, entonces los seres conscientes deben estar dotados de una esencia inefable que no se puede reducir a circuitos biológicos.

Al final del espectáculo de magia en el que fui robado por Apolo, el Sorprendente Randi llamó al Dr. Dennett y a otro voluntario para que le ayudaran con el acto final. Mientras el Sr. Randi estaba sentado en una silla, los dos hombres le amarraron apretadamente los brazos a sus piernas con una cuerda.
“¿Daniel, te puedes quitar tu saco por un momento?” pidio el mago, “Ahora ponlo alrededor de mis manos.”
“Un poco más arriba.” Dijo el Sr. Randi
Sin perder un instante, tomo el cuello y lo jaló hacia su barbilla. El público aplaudió. O se había desamarrado de las cuerdas en cuestión de segundos, o sus manos nunca estuvieron atadas.

“Permítele a la gente hacer suposiciones y siempre quedaran convencidos totalmente de que esa suposición era correcta y que representa un hecho,” dijo el Sr. Randi. “Eso no es necesariamente cierto.”


La mente, esta mente increíble que tenemos, que no solo percibe al mundo externo sino que “lo compone”.

Sí, nuestra mente está programada para encontrar patrones en lo que percibe y para almacenar estos patrones en la memoria. (Los patrones nos son iguales para todos, cada uno de nosotros, almacena sus propios patrones que están influenciados por las experiencias anteriores, por el medio ambiente, por factores sociales y por factores genéticos).

De esta manera al estar percibiendo una nueva experiencia, nuestra mente busca en la memoria si ya tiene almacenado un patrón determinado, y sustituye gran parte de la escena que se está dando en el presente con esos recuerdos.

Esto puede tener su origen en la evolución en el instinto de supervivencia, los seres vivos almacenan información en su memoria, información útil para su supervivencia, información moldeada por su experiencia. Información que sirve en el momento para determinar si lo que se está percibiendo entraña algún peligro para la supervivencia o si es algo inofensivo. Información para determinar si lo que se percibe causará placer o dolor.

Así si percibimos una flama, y tenemos almacenado en nuestra memoria un patrón de una experiencia anterior en la que sufrimos una quemadura, seguramente que acercaremos la mano a la flama con cuidado.

Si por el contrario, percibimos la imagen de una fruta que nos gusta, que nos ha dado placer en el pasado, no dudaremos en tomarla y comerla.

Y este tipo de reemplazamiento de imágenes que tenemos almacenadas, esta forma que tiene nuestra mente para superponerlas sobre la escena real que sucede en el momento, es algo que distorsiona la realidad, pero no para nuestra mente, para ella esa es la realidad.

Es por eso que al recorrer el camino que recorremos todos los días de pronto un día nos damos cuenta de que apareció una nueva construcción, o que un negocio cambió por otro. Es posible que esto haya sucedido meses antes, días antes, pero nuestra mente tiene una imagen de ese camino que superpone a la percepción del momento y si no le estamos prestando una atención enfocada en todo momento, en el presente. La imagen que nuestra mente “percibe” en el momento de recorrerlo, no es la imagen de lo que realmente está ahí, sino de la imagen que tenemos almacenada en la mente.

Y bueno, me gustó el artículo que aparece al principio porque sin duda, los magos y los ilusionistas se basan en esta característica de nuestras mentes para hacer sus “magias”.